Un devocional práctico para tu día a día Hagamos de la Palabra de Dios nuestra guía.

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Tus hermanos al igual que tú están en proceso de construcción siendo regenerados por la pura gracia de Dios en complicidad con tus oraciones.

Juan 2.24-25
"Pero Jesús mismo no se fiaba de ellos, porque conocía a todos, 25 y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre".

Por más que el ser humano intente esconder su corazón, el Señor lo conoce todo y a profundidad. De cabo a rabo. Y la historia lo confirma vez tras vez. Aunque sabe que es inútil y por defecto, una pérdida de tiempo, el hombre encubre pero Dios descubre. Y todo lo que encubre, es lo que termina por destruirlo. Sin embargo, a pesar de esa valiosa información imprescindible que maneja ya desde antes, nunca jamás el Señor fue malicioso con alguien y menos perdió la esperanza en ninguna persona. Al que lo negó luego le dio una gran responsabilidad, y al que lo iba a traicionar antes le llamó amigo (Mateo 26.50).

Seamos honestos, sus discípulos no eran santos de ninguna devoción, ni por asomo. Por el contrario, rozaban la fealdad interior desdibujados a mansalva por el pecado: eran iracundos, incrédulos, indiferentes, faltos de amor, ambiciosos, pusilánimes, etc. ¿Cómo confiar en una constelación humana tan dispar y tan lejana a un carácter santo como el que Dios demanda? ¿Acaso es posible sacar oro de donde no hay?

¡Por supuesto! Sólo si no cavamos en el lugar incorrecto. Jeremías 17.5 nos dice donde no hacerlo: “Así ha dicho Jehová: Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová”. ¡Más claro que el agua! Jesús puso su confianza primero en Dios, su Padre. Él sabía lo tempestuoso y traicionero de sus corazones pero nunca dejó de confiar en ellos. Su confianza no se basaba en lo que ellos eran, sino en lo que Dios estaba haciendo en ellos. Confiaba en lo que la absoluta misericordia y gracia de Dios podía hacer en ellos.

Si confías en las personas antes que en Dios, terminarás visceral, decepcionado y sin esperanza. Te convertirás en un escéptico, un desconfiado y un amargado de esos porque ellos nunca podrán ser lo que tú tanto esperas: limpios y honestos, sin dobleces. Sus corazones como el tuyo son engañosos y de la peor calaña tanto que Jeremías tuvo que ponerlo por escrito para que no se nos olvide. “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? 10 Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino” (Jeremías 17.9-10).  No mires a tus hermanos con desconfianza, confía en el poder del Espíritu Santo que los habita. Ellos al igual que tú están en proceso de construcción siendo regenerados por la pura gracia de Dios en complicidad con tus oraciones. Confía primero en Dios y luego en los hombres. Mantén el orden. Allí está el mérito.

Que tengas una buena semana en Cristo,

Raul Zetta

Tomado del Devocional el Z + 1.


Hupomone es un poder espiritual que nos lleva a menospreciar nuestra vida para honrar a Cristo sin medir nada, ni las circunstancias ni las consecuencias.

Apocalipsis 12.11
“Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte”.

El libro de Apocalipsis contiene una de las palabras más celestiales y desafiantes de la fe cristiana: Hupomone. Se traduce como “paciencia o perseverancia”. La paciencia es una virtud y fortaleza, la impaciencia es pura debilidad. El diccionario la define como la “capacidad de soportar o aguantar molestias sin alterarse o rebelarse, facultad de saber esperar y contenerse, o de saber esperar cuando algo se desea”. Y perseverancia como la “resistencia ante la adversidad y fuerza para soportar a otros”.

A decir verdad, hupomone es una credencial de palabras mayores y al alcance de todos y no a la vez. La paciencia y perseverancia que aquí se menciona no tiene nada que ver con los propios intereses u objetivos personales. Un anhelado negocio, un ansiado viaje o el logro de una carrera profesional, etc. Esta palabra no aplica a estos nobles esfuerzos. Hupomone tiene su epicentro en Dios. Específicamente, cuando tu paciencia y perseverancia son puestas a prueba sólo y únicamente por la causa de Cristo. Siete versos lo explican mejor.

“Tú lo sabes, oh Jehová; acuérdate de mí, y visítame, y véngame de mis enemigos. No me reproches en la prolongación de tu enojo; sabes que por amor de ti sufro afrenta” (Jeremías 15.15). “Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo” (Mateo 5.11). “Os expulsarán de las sinagogas; y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios” (Juan 16.2). “Entonces vinieron unos judíos de Antioquía y de Iconio, que persuadieron a la multitud, y habiendo apedreado a Pablo, le arrastraron fuera de la ciudad, pensando que estaba muerto” (Hechos 14.19). “Sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría” (1 Pedro 4.13). “En el cual sufro penalidades, hasta prisiones a modo de malhechor; mas la Palabra de Dios no está presa. 10 Por tanto, todo lo soporto por amor de los escogidos, para que ellos también obtengan la salvación que es en Cristo Jesús con gloria eterna” (2 Timoteo 2.9-10). “Otros experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. 37 Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados; 38 de los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra” (Hebreos 11.36-38). Seamos reiterativos: afrenta, vituperio, persecución, expulsión, apedreos, arrastres, padecimientos, acusaciones, cárceles, azotamientos, cortes, maltratos, etc. Si padeces algún dolor, alguna herida, alguna pérdida o algún padecimiento por la causa divina y perseveras, entonces tú eres un hupomone. Entonces, dicha etiqueta santa te calza bien.

Tenemos el llamado a husmear las mismas pisadas del Maestro. Pedro lo puso bien por escrito: “Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas” (1 Pedro 2-21). ¡Y vaya que lo cumplió! Su matrimonio respiraba las huellas recientes de su Señor. Se sabe que su esposa se embarcaba con él en sus largos viajes (1 Corintios 9.5), y vivía comprometida con el trabajo de la Iglesia. Un día pagó su fe con tortura y agonizó frente a los ojos de su amado marido. Clemente de Alejandría, uno de los escritores cristianos del primer siglo lo relata así: “Dicen, en consecuencia, que Pedro, al ver a su esposa llevada a la muerte, se regocijó a causa de su llamamiento y de su llegada al Hogar, y le habló con acento alentador y reconfortante, dirigiéndose a ella por su nombre: “Acuérdate del Señor”. Pedro le decía: “Resiste, un poco más y todo esto pasará”. Luego sus ojos se cerraron y despertó en la eternidad.

¿Qué puede dar aguante a un hombre cuando ve morir a su esposa frente a sus ojos? Hupomone. El corazón de Pedro estaba desgarrado y a la vez lleno de gozo por la fidelidad de su esposa a su Señor. Días después por ese mismo Señor, Pedro moría crucificado boca abajo. ¿Qué le hizo resistir tal bestialidad humana contra él? Hupomone, esa palabra bendita que pertenece únicamente a los mártires de la fe, a los que tienen como basura las riquezas y los títulos de este mundo en comparación con su mayor riqueza eterna: Cristo Jesús. Hupomone es un poder espiritual que nos lleva a menospreciar nuestra vida para honrar a Cristo sin medir nada, ni las circunstancias ni las consecuencias. Es un baño hasta la médula en paciencia y perseverancia por amor al Señor y a su causa que asegura un gran galardón en los cielos mientras el resto vestidos de blanco sólo mirarán ya salvos. ¿Te atreves ser un hupomone?

Bendiciones totales,

Raul Zetta

Tomado del Devocional el Z + 1.


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Raul Zetta
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